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lunes, enero 26, 2026

Aunque la abogada se vista de seda, mona queda

El caso de la abogada argentina Agostina Páez, condenada en Brasil tras un episodio de racismo ocurrido en Río de Janeiro, excede largamente la crónica policial o el anecdotario turístico. Así lo plantea el criminólogo Eduardo Muñoz, quien advierte que lo sucedido funciona como un espejo social incómodo: no refleja solo a una persona, sino a prácticas, discursos y tolerancias profundamente arraigadas en la vida cotidiana argentina.

Muñoz sostiene que el episodio ocurrido en Ipanema —documentado por imágenes y denuncias que incluyen gestos, sonidos y expresiones de carácter racista dirigidas a un trabajador— no debe leerse como un hecho aislado, sino como un síntoma. “El racismo no es patrimonio de un país ni de una clase social; es un fenómeno que viaja, se adapta y suele camuflarse de broma o provocación”, analiza el criminólogo.

Desde su perspectiva, el foco del debate no debería centrarse únicamente en la respuesta del sistema judicial brasileño, que impuso una condena visible y concreta, sino en la forma en que la sociedad argentina procesa —o evade— este tipo de conductas. Para Muñoz, la incomodidad colectiva que genera ver a una compatriota con tobillera electrónica no es casual: pone en evidencia un contraste entre la firmeza de un límite externo y la laxitud interna.

Uno de los ejes centrales de su análisis es el lenguaje. Muñoz advierte que la deshumanización no es un fenómeno marginal, sino una práctica extendida y, en muchos casos, legitimada desde el poder. Señala la contradicción de quienes celebran la sanción aplicada en Brasil mientras naturalizan expresiones degradantes en el discurso político local. “Cuando el insulto se valida desde arriba, se convierte en un permiso social”, resume.

La criminología aplicada que propone Muñoz pone el acento en la función estructurante del lenguaje: no solo describe la realidad, sino que habilita comportamientos. En ese marco, el uso reiterado de términos que animalizan o degradan al adversario político no es una exageración retórica, sino una forma de violencia simbólica que termina filtrándose en la vida social.

Otro punto clave del análisis es la noción de límite. Para el criminólogo, Brasil marcó un umbral claro frente al racismo, más allá de sus propias tensiones internas. Argentina, en cambio, suele convivir con el agravio impune, donde el insulto rara vez tiene consecuencias. Esa ausencia de sanción, advierte Muñoz, genera confusión y naturaliza la idea de que el respeto es optativo.

“La deshumanización cotidiana erosiona la convivencia y vuelve más probable la violencia”, plantea el autor de El Género de la Muerte. Desde esta mirada, el caso Páez no es una excepción desafortunada, sino el resultado lógico de una cultura que relativiza el daño simbólico hasta que una frontera externa obliga a enfrentarlo.

El “espejo roto de Ipanema”, como lo define Muñoz, no devuelve una imagen ajena ni exótica. Devuelve una pregunta incómoda: qué tipo de sociedad se construye cuando el desprecio se tolera puertas adentro y solo escandaliza cuando es castigado afuera.

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