jueves, abril 2, 2026

Analistas invitados: «Política, guerra y terrorismo»

SERIE DIDÁCTICA POLÍTICA. Un nuevo artículo de la serie de la Prof. Elia Ana Biancho de Zizzias que pone las cosas en sus términos adecuados, en tiempos de confusión. Te invitamos a leerlo y compartirlo.

En un escenario internacional atravesado por guerras, atentados y tensiones geopolíticas cada vez más difusas, la pregunta sobre qué entendemos por terrorismo vuelve a ocupar el centro del debate público. ¿Es posible trazar una línea clara entre guerra y terror? ¿Puede el Estado quedar fuera de esa categoría? ¿Qué lugar ocupan la democracia, el derecho internacional y las organizaciones multilaterales frente a un mundo cada vez más fragmentado?

En este artículo, Elia Ana Bianchi de Zizzias recupera las reflexiones de Jürgen Habermas y Jacques Derrida formuladas tras el atentado del 11 de septiembre de 2001 y las proyecta sobre el presente. A partir de ese diálogo filosófico, propone pensar la violencia contemporánea, el rol de la globalización y los límites de las democracias en una época en la que las distinciones clásicas entre guerra y terrorismo parecen desdibujarse.

El artículo completo de Elia Ana Bianchi de Zizzias

Política, guerra y terrorismo

Me parece importante acercar al lector el significado que brindan dos grandes filósofos del presente siglo, Jürgen Habermas y Jacques Derrida, a partir de los sucesos acaecidos el 11 de septiembre de 2001: el ataque terrorista a las Torres Gemelas, en la ciudad de Nueva York.

Algunos de sus conceptos se vinculan estrechamente con los actos terroristas que estamos presenciando y viviendo en la actualidad.

Los violentos sucesos ocurridos en los últimos tiempos en Francia, Mali, Siria, Ucrania, Rusia, Israel, Estados Unidos, países de Medio Oriente, Venezuela y otros lugares, nos llevan a pensar el terror como respuesta patológica a situaciones cuyo origen no se encuentra solo en fundamentalismos religiosos, sino también en cuestiones políticas y económicas.

El terror ha estado siempre presente en la historia de la humanidad como un modo de dominar, castigar, vengar o someter voluntades e ideales.

Habermas distingue actualmente al menos tres tipos de terrorismo: la guerra de guerrillas no discriminativa (como el caso palestino), la guerra de guerrillas paramilitar (propia de movimientos de liberación nacional) y el terrorismo global.

La globalización ha acelerado la reacción defensiva del temor, al que define como “el violento desarraigo de los modos de vida tradicionales”. Además, ha dividido la sociedad mundial en ganadores, beneficiarios y perdedores. Por otra parte, si el mensaje que exportan las democracias liberales occidentales continúa siendo el consumismo, el fundamentalismo seguirá sin oposición efectiva.

La relación entre fundamentalismo y terrorismo está mediada por la violencia, que Habermas entiende como una violencia comunicativa y manipuladora.

Por su parte, Derrida propone cuestionar la distinción entre guerra y terrorismo. Señala que “las guerras siempre han estado contaminadas de terrorismo a través de la intimidación de la población civil” y agrega que “desde siempre los Estados soberanos han ejercido terrorismo contra sus propios pueblos o contra otros pueblos, en tiempos de paz o en tiempos de guerra”.

Si nos referimos a las definiciones corrientes o explícitamente legales del terrorismo, encontramos que se alude a un crimen contra la vida humana en violación de las leyes nacionales o internacionales. Esa definición implica, al mismo tiempo, la distinción entre civil y militar —ya que las víctimas del terrorismo son supuestamente civiles— y una finalidad política: influir o cambiar la política de un país aterrorizando a su población civil. Por lo tanto, estas definiciones no excluyen el terrorismo de Estado.

Derrida advierte que “todos los terroristas del mundo pretenden actuar en respuesta, para defenderse, ante un terrorismo de Estado preexistente que, sin mostrarse como tal, se cubre de todo tipo de justificaciones más o menos creíbles”.

Su grave sospecha es que la virtualización del terrorismo complicará aún más la distinción entre guerra y terrorismo, entre guerra y paz.

Surge entonces la pregunta: ¿cuál es el rol de las organizaciones internacionales en este contexto globalizado?

Habermas responde que “las discrepancias entre el deber y el poder, entre el derecho y el poder, distorsionan tanto la credibilidad de la ONU como la práctica de intervención de Estados poderosos que usurpan un mandato —aunque sea por buenas razones— y convierten en acto de guerra lo que sería legítimo como acción política”.

Habermas considera que nos encontramos en una transición desde el Derecho Internacional clásico hacia lo que Kant anticipó como un Derecho Cosmopolítico. Es decir, que las grandes organizaciones se conviertan en actores con capacidad de acción para celebrar acuerdos transnacionales dentro de un tejido mundial dotado de una infraestructura normativa y ejecutiva que garantice la implementación de programas y políticas más magnánimas, que hagan posible la coexistencia pacífica de los seres humanos.

Derrida, en cambio, sostiene que debe producirse una mutación muy profunda tanto en las organizaciones internacionales como en el Derecho Internacional. Sin embargo, resulta imposible prever a qué ritmo ocurrirá. En todas las transformaciones debe considerarse la aceleración propia de los tiempos actuales, especialmente los cambios tecnocientíficos.

Habrá que analizar estas mutaciones en la estructura del espacio público; en la interpretación de la democracia y la teocracia; en los conceptos de Estado-nación y soberanía; en el rol de la ciudadanía; y en la transformación del espacio público por los medios de comunicación, que al mismo tiempo sirven y amenazan a la democracia.

Sin esperanza en la constitución de un Derecho Internacional cuyas instituciones sean respetadas en sus deliberaciones y resoluciones por los Estados soberanos, la convivencia mundial se vuelve no solo utópica, sino también aporética.

En relación con el concepto de “mundialización”, ha cobrado relevancia el tema de la tolerancia. Derrida prefiere el concepto de hospitalidad, porque la tolerancia connota una concesión caritativa y condescendiente, mientras que la hospitalidad implica la “acogida del otro”. Sin embargo, distingue entre una hospitalidad absoluta, incondicionada e ideal, y una hospitalidad real, sometida a reglas y límites: elementos opuestos que se excluyen y se necesitan mutuamente. Es la misma relación que existe entre Justicia y Derecho.

Derrida entiende por universalismo aquello por lo que luchan las instituciones republicanas y la participación democrática en su búsqueda infinita de justicia. Las nociones de república y democracia, de institución y participación, no son absolutas, sino construcciones cuya validez evoluciona con el tiempo y requiere constante revisión.

Habermas, por su parte, sostiene que la democracia, con su estructura perfectible, es a la vez medio y fin de la emancipación y de la convivencia, tanto individual como social. La emancipación es un proceso de maduración cívica de los ciudadanos que les provee los requisitos para participar libremente y en condiciones de igualdad en una democracia institucionalmente estructurada.

Sin embargo, este proceso se ve obstaculizado por el consumo masivo y su ideología —el consumismo— y por la creciente circulación de la información, que terminan convirtiéndose en causas de la atrofia de diversas funciones democráticas. A ello se suman maniobras impulsadas por corporaciones multinacionales y un mercado desenfrenado que impone una cultura masiva con sus propias reglas de participación democrática, reglas utilitaristas que casi siempre sirven a intereses privados y no al interés público.

Me resulta imposible concluir este artículo con un pensamiento claro sobre lo que estamos viviendo en este estado de mundialización. El tema exige un abordaje complejo sobre las distintas categorizaciones del terrorismo: terrorismo de Estado, narcoterrorismo, terrorismo internacional, entre otros.

Lo que sí tengo claro es que cualquier forma de terror o violencia ejercida sobre víctimas inocentes no puede justificarse con “guerras preventivas”, “daños colaterales”, “xenofobias” o “razón de Estado”. Se trata, en definitiva, de crímenes de lesa humanidad.


Referencia bibliográfica:
Borradori, G. La filosofía en época de terror. Diálogos con Jürgen Habermas y Jacques Derrida. Buenos Aires: Taurus, 2004.

Seguí leyendo