COLUMNISTAS INVITADOS. Escribe Oscar Demuru. El autor sostiene que el peronismo atraviesa un proceso de “esclerotización” que le impide comprender los cambios sociales de los últimos años. Plantea la necesidad de una revisión profunda, con nuevas ideas, liderazgos y formas de representación para reconstruir una alternativa política real.
Marzo de 2026 encuentra al peronismo en una de las crisis más profundas de su historia reciente. No se trata solo de haber perdido el gobierno nacional en 2023 frente a Javier Milei ni de haber sufrido una nueva derrota en las elecciones legislativas de medio término de 2025. El problema central es otro: en el peronismo parece que no hemos aprendido nada de esas derrotas.
El tiempo político que debía ser de reflexión, revisión y reconstrucción fue desperdiciado. Hoy estamos, como movimiento, en una situación peor que en 2023. Con varios compañeros compartí lo que pensaba antes de ese año sobre el fenómeno que se avecinaba; hoy eso es contrafáctico. Pasó y acá estamos: peor en términos electorales, pero sobre todo en términos políticos, culturales y estratégicos.
Estas líneas parten de una caracterización dura pero necesaria: el peronismo atraviesa un proceso de esclerotización, una rigidez que le impide comprender la sociedad que dice representar.
La columna completa de Oscar Demuru
El peronismo frente a la Argentina de hoy
Debemos entender que Milei no fue un accidente: fue una advertencia ignorada
La llegada de Javier Milei a la presidencia en 2023 no fue un hecho inesperado ni inexplicable. Fue la expresión política de transformaciones sociales profundas que venían desarrollándose desde hacía al menos quince años.
Milei emerge de nuevas subjetividades populares atravesadas por el enojo, la frustración, el cansancio con el Estado y la sensación de haber sido estafadas por la política tradicional.
Desde otra perspectiva, la crisis de representación y el agotamiento de los partidos tradicionales abrían espacio a liderazgos disruptivos, capaces de canalizar el malestar sin necesidad de estructuras sólidas ni programas clásicos. Milei fue, en ese sentido, el síntoma más visible de un sistema político que dejó de escuchar.
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La dirigencia peronista, sin embargo, eligió —cada uno desde su responsabilidad— negar el fenómeno. Se lo redujo a una excentricidad mediática, a un voto bronca pasajero o a una anomalía sin densidad histórica. Esa negación fue un error estratégico mayúsculo. Milei no ganó solo por lo que dijo, sino por lo que desde el peronismo dejamos de decir y de hacer.
Derrota sin autocrítica: 2023–2025
La derrota de 2023 imponía una tarea ineludible: revisar liderazgos, prácticas, discursos, prioridades y formas de organización. Era el momento de preguntarse por qué amplios sectores populares —históricamente vinculados al peronismo— dejaron de sentirse representados.
Nada de eso ocurrió de manera real y profunda. No hubo un debate político abierto, honesto y plural. No se promovió una autocrítica colectiva. Por el contrario, se profundizó una lógica defensiva, cerrada sobre sí misma, en la que cualquier cuestionamiento fue leído como traición.
Se insistió con las mismas recetas frente a problemas nuevos no comprendidos. Se repitieron consignas del pasado sin actualizar su contenido. Se habló en nombre del pueblo sin comprender que el pueblo había cambiado. La derrota de medio término en 2025 fue la consecuencia directa de esa ceguera política.
El peronismo esclerotizado
Hoy el peronismo aparece como un movimiento esclerotizado: rígido, cerrado, incapaz de renovarse. La esclerosis no es solo organizativa; es conceptual, cultural y emocional. Las estructuras sobreviven, pero el pensamiento político se estanca.
No hay debate estratégico real. No se discute cómo representar a una sociedad fragmentada, precarizada y atravesada por nuevas formas de subjetividad. No se habilitan liderazgos capaces de interpretar este tiempo histórico.
Se confunde unidad con silencio, lealtad con obediencia e identidad con inmovilidad.
Un movimiento popular que no se transforma deja de ser popular. Y un movimiento que no expresa futuro queda atrapado en la administración nostálgica de su pasado.
Apostar al fracaso de Milei: una mala táctica convertida en estrategia
Ante la falta de proyecto propio, el peronismo parece haber elegido una salida peligrosa: apostar al error y al fracaso del gobierno como principal táctica política. Lo que comenzó como una especulación coyuntural se convirtió, de hecho, en una estrategia.
Esta lógica es profundamente equivocada. Ningún movimiento vuelve a ser mayoría esperando que el otro fracase. El desgaste de un gobierno no garantiza la construcción de una alternativa si no existe una oposición creíble, con ideas claras y capacidad de interpelación social.
Peor aún: esta estrategia refuerza el descreimiento generalizado en la política y alimenta el cinismo social. Cuando la oposición no propone, la sociedad se aleja aún más.
Una sociedad que cambió y un peronismo que no la mira
En los últimos quince años, la sociedad argentina cambió de manera profunda: nuevas formas de trabajo, expansión de la informalidad, debilitamiento de las organizaciones intermedias, fragmentación territorial, nuevas culturas digitales y una relación cada vez más ambivalente con el Estado.
Los sectores populares que antes se reconocían en el peronismo hoy construyen sentidos comunes que combinan meritocracia, desconfianza estatal y demandas de orden.
Ignorar estas transformaciones no las hace desaparecer; solo las deja en manos de proyectos políticos ajenos al campo popular.
El peronismo, que históricamente supo leer las mutaciones sociales, hoy aparece hablándole a una sociedad que ya no existe.
Salir de este ciclo exige algo más que “nuevas canciones”. Exige volver a alinear el discurso con la fortaleza de nuestras ideas y ponerlas en práctica.
Restituir la incomodidad como valor político
Es necesario recuperar un principio fundamental: la política es, por naturaleza, incómoda.
Cuando deja de doler, de interpelar, de desvelar, no es madurez lo que aparece, sino una señal de abandono del compromiso. Esa comodidad es una forma silenciosa de deserción: la renuncia a transformar para limitarse a administrar.
Allí, la política pierde su sentido y se degrada en la gestión de pequeñas realidades al servicio de intereses individuales, lejos del mandato colectivo que le dio origen.
Reflexión final
El desafío es reconstruir un proyecto político capaz de interpretar las mutaciones sociales, con organización, nuevas ideas y sin censuras.
Este texto no pretende ser una conclusión, sino un punto de partida: un primer paso para abrir una discusión necesaria.
Porque, en definitiva, el peronismo solo podrá recuperar su potencia transformadora si vuelve a comprender a la sociedad que aspira a representar.
