Estos son los 5 recomendados del consultor internacional Ezequiel Parolari, con quien hablamos largamente en otra nota. Sumamos opiniones de quienes los leyeron y analizaron, entrevistas con alguno de sus autores y tambien, el propio análisis de uno de ellos.
¿Empezamos?
1- Síndrome 1933, de Siegmund Ginzberg

Escribió sobre este libro Claudio Zieger en Página/12: “¿La política altera el lenguaje? ¿O es el lenguaje el que cambia a la política? Uno de los documentos más extraordinarios y profundos sobre los cambios en la forma de expresarse durante ese periodo es LTI: la lengua del Tercer Reich, de Victor Klemperer, una reflexión basada en el diario que llevó minuciosamente a partir de 1933. El filólogo comparte una cosa con el Gramsci de los Cuadernos: ambos se esfuerzan por desentrañar las razones últimas de lo sucedido. Gramsci indaga en el porqué del fascismo y de la derrota del movimiento que él lideraba, y Klemperer en por qué su Alemania se había entregado en cuerpo, alma y palabra a Hitler. Personalidades, épocas y circunstancias diferentes. Es curioso, ambos eran lingüistas”. Esta caracterización a la que señala como “La filología del odio” y que cuadra perfectamente con la ambición de “desentrañar las razones últimas de lo sucedido”, es quizás el núcleo -o su corazón obsesionado no tanto por las repeticiones sino por las analogías de la historia- de Síndrome 1933, un ensayo/ crónica del periodista y escritor Siegmund Ginzberg.
2- Cómo destruir una democracia, de Daniel Matamala

Sirve escuchar al propio autor en una entrevista:
3- El ocaso de la democracia, de Anne Applebaum

Aquí ofrecemos la referencia editorial que hizo Planeta al presentarla, que incluye recomendaciones realizadas por diarios estadounidenses con sus críticos que lo leyeron:
Las democracias liberales de Occidente están bajo asedio y el auge del autoritarismo es una cuestión que debería preocuparnos a todos. En El ocaso de la democracia, Anne Applebaum –premio Pulitzer y una de las primeras historiadoras en alertar sobre las peligrosas tendencias antidemocráticas en Occidente- expone de forma clara y concisa las trampas del nacionalismo y la autocracia y nos explica por qué los sistemas políticos con mensajes simples y radicales son tan atractivos.
Los líderes despóticos no llegan solos al poder, sino que lo hacen aupados por sus aliados políticos, un ejército de burócratas y unos medios de comunicación que les allanan el camino y apoyan su mandato. Además, los partidos nacionalistas y autoritarios que han ido tomando relevancia en las democracias liberales ofrecen unas perspectivas que benefician exclusivamente a sus partidarios, y que les permiten alcanzar unas cotas de riqueza y poder inigualables.
Siguiendo los pasos de Julien Benda y Hannah Arendt, Applebaum retrata a los nuevos defensores de las ideas antiliberales de todo el mundo y denuncia cómo esta flamante élite autoritaria utiliza las teorías de la conspiración, la polarización política, el pavoroso alcance de las redes sociales, e incluso el sentimiento de nostalgia para destruirlo todo y redefinir nuestra idea de nación.
La crítica ha dicho…
«¿Cómo se torcieron nuestras democracias? Applebaum nos ofrece una respuesta en este extraordinario ensayo.»
Timothy Snyder
«La experiencia histórica y el conocimiento de Applebaum de la Europa contemporánea y de los Estados Unidos iluminan lo distintivo y eterno de los peligros políticos que enfrentamos hoy […]. El ocaso de la democracia ofrece muchas lecciones sobre la antigua lucha entre los conceptos de democracia y de dictadura. Pero quizás lo más importante es lo frágil que es la democracia: su supervivencia depende de las decisiones que toman cada día las élites y la gente común.»
Sheri Berman, The Washington Post
«Un relato a menudo aleccionador, a veces impactante, pero nunca desesperante del auge del autoritarismo en Occidente.»
Los Angeles Review of Books.
4- Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt

Abajo, la introducción del libro completa y un link para leerlo gratis online:
¿Está la democracia estadounidense en peligro? Es una pregunta que jamás pensamos que nos formularíamos. Llevamos colaborando quince años, reflexionando, escribiendo y hablando a nuestros alumnos acerca de los fallos de la democracia en otros tiempos y lugares, como la muy sombría Europa de la década de 1930 o la represiva Latinoamérica de la década de 1970. Hemos invertido años investigando las nuevas formas de autoritarismo que están emergiendo en el planeta. Para nosotros, estudiar cómo mueren las democracias ha sido una obsesión profesional.
Pero ahora nos encontramos poniendo el foco en nuestro propio país. En el transcurso de los dos últimos años hemos visto a políticos decir y hacer cosas sin precedentes en Estados Unidos, cosas que, sin embargo, identificamos como precursoras de crisis democráticas en otros lugares. Y nos asusta, como les ocurre a tantos otros estadounidenses, por más que intentemos serenarnos diciéndonos que «aquí la cosa no se puede poner tan fea». Al fin y al cabo, aunque sabemos que todas las democracias son frágiles, la nuestra ha sabido ingeniárselas para desafiar a la gravedad. La Constitución de Estados Unidos, el credo nacional sobre la libertad y la igualdad, la robusta clase media histórica del país, así como sus elevados niveles de riqueza y educación, y su amplio y diversificado sector privado deberían ser vacunas frente al tipo de quiebra democrática acontecida en otros lugares.
Pero, a pesar de todo, estamos preocupados. Los políticos estadounidenses actuales tratan a sus adversarios como enemigos, intimidan a la prensa libre y amenazan con impugnar los resultados electorales. Intentan debilitar las defensas institucionales de la democracia, incluidos los tribunales, los servicios de inteligencia y las oficinas de ética. Los estados norteamericanos, que en su día fueron ensalzados por el gran jurista Louis Brandeis como «laboratorios de democracia», corren el riesgo de convertirse en laboratorios de autoritarismo mientras quienes ostentan el poder reescriben las reglas electorales, redibujan las circunscripciones e incluso derogan derechos al voto para asegurarse la victoria. Y, en 2016, por primera vez en la historia de Estados Unidos, un hombre sin experiencia alguna en la función pública, con escaso compromiso apreciable con los derechos constitucionales y tendencias autoritarias evidentes fue elegido presidente.
¿Qué significa todo esto? ¿Estamos ante el declive y desmoronamiento de una de las democracias más antiguas y consagradas del mundo?
A mediodía del 11 de septiembre de 1973, tras meses de una tensión creciente en las calles de Santiago de Chile, aviones a reacción Hawker Hunter de fabricación británica se abatieron sobre La Moneda, el palacio presidencial neoclásico situado en el centro de la ciudad, y lo bombardearon. Bajo una lluvia de bombas, La Moneda fue pasto de las llamas. El presidente Salvador Allende, elegido tres años antes como líder de una coalición de izquierdas, se había hecho fuerte en el interior del palacio. Durante su mandato, Chile se había visto sacudido por el malestar social, la crisis económica y la parálisis política. Allende había declarado que no abandonaría su puesto hasta concluir su trabajo, pero había llegado el momento de la verdad.
Encabezadas por el general Augusto Pinochet, las Fuerzas Armadas de Chile se estaban haciendo con el control del país. A primera hora de aquel funesto día, Allende pronunció un discurso desafiante a través de una emisora radiofónica nacional con la esperanza de que sus muchos partidarios tomaran las calles en defensa de la democracia. Pero la resistencia no se materializó. La policía militar que protegía el palacio lo había abandonado y, por toda respuesta, su discurso encontró el silencio. Al cabo de pocas horas, el presidente Allende había muerto y, con él, la democracia chilena.
Así es como solemos creer que mueren las democracias: a manos de hombres armados. Durante la Guerra Fría, golpes de Estado provocaron el colapso de tres de cada cuatro democracias caídas. Las democracias de Argentina, Brasil, República Dominicana, Ghana, Grecia, Guatemala, Nigeria, Pakistán, Perú, Tailandia, Turquía y Uruguay perecieron de este modo. Más recientemente, golpes militares derrocaron al presidente egipcio Mohamed Morsi en 2013 y a la primera ministra tailandesa Yingluck Shinawatra en 2014. En todos estos casos, la democracia se disolvió de manera espectacular, mediante la coacción y el poder militar.
Sin embargo, existe otra forma de quebrar una democracia, menos dramática pero igual de destructiva. Las democracias pueden fracasar no a manos de generales, sino de líderes electos: presidentes o primeros ministros que subvierten el proceso mismo que los condujo al poder. Algunos lo hacen rápidamente, como Hitler tras el incendio del Reichstag en 1933. Pero, más a menudo, las democracias se erosionan lentamente, en pasos apenas perceptibles.
El caso de Venezuela es ilustrativo. Hugo Chávez, un político marginal que denunciaba a una élite corrupta y prometía una democracia más auténtica, fue elegido presidente en 1998. Llegó al poder democráticamente y, durante años, mantuvo una fachada institucional: elecciones, reformas constitucionales, legitimidad electoral. Pero gradualmente paralizó mecanismos de control, colonizó el Tribunal Supremo, persiguió opositores, clausuró medios críticos y eliminó los límites a la reelección. Tras su muerte, el régimen terminó de consolidarse bajo Nicolás Maduro. Casi dos décadas después del ascenso de Chávez, Venezuela pasó a ser reconocida ampliamente como una autocracia.
Así es como mueren las democracias hoy. Las dictaduras flagrantes han perdido centralidad; los golpes militares son poco frecuentes; las elecciones continúan celebrándose. Pero la mayoría de las quiebras democráticas contemporáneas han sido provocadas por gobiernos electos que, desde el poder, desmantelan las instituciones que los legitimaron. El retroceso democrático comienza en las urnas.
La vía electoral hacia el autoritarismo es engañosa. A diferencia de los golpes clásicos, no hay tanques en las calles ni constituciones suspendidas. Todo parece normal. La población sigue votando. La prensa existe, aunque presionada o autocensurada. Las medidas que socavan la democracia suelen ser legales y se presentan como reformas para mejorar la eficiencia, combatir la corrupción o sanear el sistema. Y, por eso mismo, muchas personas continúan creyendo que viven en una democracia.
¿Hasta qué punto Estados Unidos es vulnerable a este tipo de retroceso? Sin duda, se apoya en cimientos más sólidos que los de Venezuela, Turquía o Hungría. Pero la historia demuestra que ninguna democracia es inmune.
Las democracias no dependen solo de constituciones y leyes, sino también de normas no escritas: la tolerancia mutua entre adversarios políticos y la contención en el uso del poder. Durante gran parte del siglo XX, estas normas actuaron como guardarraíles del sistema estadounidense. Hoy, esos guardarraíles se están debilitando. La polarización extrema —no solo política, sino también racial y cultural— ha erosionado la legitimidad mutua entre los partidos y ha incentivado la lógica de “ganar a cualquier precio”.
Estados Unidos suspendió una primera prueba decisiva en 2016 al elegir un presidente con un compromiso dudoso con las reglas democráticas. Ese resultado no fue solo fruto del descontento social, sino también del fracaso de las élites partidarias para aislar a un demagogo extremista.
Existen motivos para la alarma. Pero la historia también enseña que la descomposición democrática no es inevitable ni irreversible. Comprender cómo mueren las democracias —y cómo otras lograron salvarse— es un paso esencial para defenderlas. La historia no se repite, pero rima. La promesa de la historia, y la esperanza de este libro, es que sepamos detectar las rimas antes de que sea demasiado tarde.
En este link vas a encontrar el libro completo para leerlo gratis: https://www.onpi.org.ar/documentos/publicaciones/publicaciones-del-notariado-internacional/como_mueren_las_democracias.pdf
5- The normalization of the radical right, de Vicente Valentim

Esto escribió el autor del libro sobre el éxito obtenido por su trabajo:
El año pasado (NdlR: El autor se refiere a 2024) fue un año lleno de elecciones, con casi la mitad de la población mundial convocada a las urnas. En muchas de estas elecciones, la derecha radical obtuvo ganancias significativas.
En los Estados Unidos, Donald Trump fue elegido para otro mandato después de una campaña marcada por una serie de comentarios racistas, antidemocráticos y violentos. Las elecciones al Parlamento Europeo vieron una consolidación de la derecha radical como un actor clave en Europa. Y en Austria, el Partido de la Libertad fue el primero en las elecciones legislativas del país bajo el liderazgo de Herbert Kickl, quien había declarado su deseo de convertirse en un «Volkskanzler» (Canciller del pueblo), un término que se hace eco de la retórica de Hitler.
Es tentador leer estos desarrollos como evidencia de que los votantes se vuelven cada vez más «hacido hacia la derecha radical». Sin embargo, hay un problema con este tipo de análisis. Las opiniones políticas de los votantes, sobre temas como la inmigración, la confianza en las instituciones políticas o su interés político general, cambian lentamente, si es que lo hacen. Entonces, ¿cómo podemos explicar el rápido ascenso de partidos de derecha radical como Vox en España, que creció del 0,2 % de los votos en 2016 al 15 % solo tres años después?
Una espiral de silencio
Este es el rompecabezas que trato de abordar en un libro reciente, The Normalization of the Radical Right: A Norms Theory of Political Supply and Demand. Argumento que gran parte del crecimiento de la derecha radical en las democracias occidentales no se debe a que los votantes cambien de opinión y se conviertan en la derecha radical. En cambio, es provocado por individuos que ya tenían una derecha radical, pero que no mostraban esos puntos de vista por miedo a las repercusiones sociales, como ser juzgados, perder las conexiones sociales o ser cotilleado.
De hecho, muchas personas que apoyan a los partidos de derecha radical en privado, por ejemplo, cuando votan, no están dispuestas a admitir esos puntos de vista cuando interactúan con otros. Esto genera una espiral de silencio en la que cada uno de estos votantes subestima lo generalizadas que son sus puntos de vista y, en consecuencia, se niegan a expresarlas.
El hecho de que los votantes de la derecha radical a menudo oculten sus puntos de vista también tiene implicaciones importantes para los políticos. Los políticos pueden llegar a pensar que si se presentan a una elección en una plataforma de extrema derecha, no tendrán éxito electoral. En consecuencia, pueden preferir unirse a partidos con otras ideologías o simplemente evitar presentarse a las elecciones.
Con menos políticos para elegir, los partidos de derecha radical terminan con líderes menos calificados que no pueden ni siquiera movilizar a aquellos votantes que tienen puntos de vista de extrema derecha para que voten por ellos. Esta es una de las razones por las que la derecha radical no tuvo éxito antes: no porque los individuos no tengan estos puntos de vista, sino porque los políticos que los articulaban eran vistos como poco probables de ganar una elección. Como tal, no tenía sentido votar por ellos porque eso significaba tirar el voto de uno.
Normalización y éxito electoral
Sin embargo, los choques sociales, como los ataques terroristas o la crisis de refugiados de 2015-16, pueden alentar temporalmente a algunos votantes a expresar públicamente opiniones de la derecha radical. Aprendiendo de esto que las opiniones de la derecha radical probablemente están más extendidas de lo previsto, los políticos expertos a menudo tratarán de movilizar a estos votantes para hacer un gran avance electoral.
Si se logra tal avance, subraya aún más que las opiniones de la derecha radical son más populares de lo que se pensaba anteriormente. A medida que estos políticos ganan terreno y entran en instituciones políticas como parlamentos o gobiernos, su presencia también hace que sus puntos de vista parezcan más legítimos.
La consecuencia es que lo que anteriormente se consideraba inaceptable se normaliza, y los votantes de la derecha radical que solían sentirse avergonzados de expresar sus puntos de vista ahora se sienten envalentonados a hacerlo. Están más dispuestos a expresar estas creencias en conversaciones, asistir a mítines o incluso participar en actos de violencia de extrema derecha. Esta es una de las razones por las que a menudo hay un pico en este tipo de comportamiento después de las elecciones, donde la derecha radical se desempeña particularmente bien.
Ver el ascenso de la derecha radical como un proceso de normalización explica por qué estos partidos a menudo parecen venir «de la nada». Dado que su crecimiento no requiere que los votantes cambien sus puntos de vista, un proceso más lento, sino que simplemente refleja que sus puntos de vista existentes se vuelvan más aceptables, este proceso puede ocurrir muy rápidamente.
Al mismo tiempo, esto sugiere que los partidos de la derecha radical no son meros «partidos de protesta» cuyo apoyo disminuirá tan rápido como aumente. Luchar contra este fenómeno requiere más que esperar que el éxito de estos partidos se desvanezca. Se necesita un esfuerzo deliberado para desafiar los puntos de vista excluyentes que acercan a los votantes a la ideología de la derecha radical. Si bien este puede ser un proceso lento y difícil, es esencial para salvaguardar los principios democráticos de inclusión y tolerancia a largo plazo.
Para obtener más información, consulte el libro del autor, The Normalization of the Radical Right: A Norms Theory of Political Supply and Demand (Oxford University Press, 2024).
EN SÍNTESIS
- Síndrome 1933 de Siegmund Ginzberg: Publicado recientemente por Gatopardo Ediciones, este ensayo establece paralelismos entre la crisis de las democracias actuales y el año del ascenso de Hitler al poder.
- Cómo destruir una democracia de Daniel Matamala: Lanzado por la editorial Planeta en la segunda mitad de 2025, el periodista analiza cómo liderazgos autoritarios en América erosionan las instituciones desde dentro.
- El ocaso de la democracia de Anne Applebaum: Una obra fundamental que explora la seducción del autoritarismo en las sociedades occidentales.
- Cómo mueren las democracias de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt: Un análisis ya clásico sobre cómo los líderes electos pueden subvertir el proceso democrático gradualmente.
- The Normalization of the Radical Right de Vicente Valentim: Publicado por Oxford University Press, este estudio investiga el proceso por el cual las ideas de extrema derecha ganan aceptación social

