Ganar en Twitter/X, perder en las urnas: pajarones tachados por los votantes

Gabriel Conte
Gabriel Contehttps://gabrielconte.com.ar/
Soy Gabriel Conte, periodista. Fundé el diario Memo (memo.com.ar) en 2019. Creé y dirigí en los años ’90 la hoja de cultura El Comunero. Fui director de la revista Mendosat y durante 12 años trabajé como periodista, subdirector y luego director del portal MDZ, además de ser director de MDZ Radio. Mis primeros pasos en el periodismo los di en LV10 Radio de Cuyo. Mi programa «Tormenta de ideas» entrevistó a unos 30 mandatarios y expresidentes, premios Nobel y figuras destacadas del mundo, por Radio Nihuil. He colaborado con medios de Argentina y el extranjero.

Las elecciones de este domingo en Mendoza dejaron al descubierto una verdad que se sabía a gritos, pero que era difícil de digerir: los tuitstars no consiguen el estrellato cuando son sometido al voto popular. El pajareo autosatisfactorio en redes no es suficiente.

Una y mil veces hemos aclarado que el mundo de Twitter/X en Mendoza se reduce a 30 mil personas. De ellos, una ínfima parte (¿2 mil tal vez?) se interesan por la política. De allí que el interés de los partidos políticos o los líderes flojos de equipos por reclutar a lo que brilla de lejos como «tuiteros exitosos» no funciona. Tampoco sirve esa herramienta para construir futuro, aunque sí para darle pequeños impulsos a algunas ocurrencias, generalmente en forma violenta o suspicaz.

En las elecciones del domingo que definieron quiénes gobernarán Mendoza quedó demostrado, precisamente, que el retuiteo es inversamente proporcional al voto de la ciudadanía.

Es posible que al ego de quien se ve faveado miles de veces, multiplicando corazones a su alrededor al mejor estilo de algunos de los mejores episodios de la serie Black Mirror, sienta lo mismo que aquellos que no ahorran recursos públicos para generar movilizaciones, creyendo que la multitud enardecida y festejante puede reemplazar al efecto de unas elecciones generales, universales y libres.

En ambos casos, se trata de un fanatismo endémico. Se emocionan encima del apoyo de los propios cuando en realidad, tienen que «probarse» ante toda la ciudadanía, aun los que no los conocen ni conocen su forma de pensar. Es un esfuerzo mayor dedicarse a la política y resulta excesivo para los flojos, los que creen que con un chasquido de dedos la fantasía se vuelve realidad.

Las elecciones no sirven solamente, de tal modo, para definir ganadores sino para remarcar perdedores, no del comicio, sino de la vida democrática.

Armar equipos capaces de gestionar sin «vender humo», cuesta. Y la empatía es algo muy diferente al aplauso barato e instantáneo de una red social, además de efímero e inconducente.

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