El dólar, «una moneda argentina»

Gabriel Conte
Gabriel Contehttps://gabrielconte.com.ar/
Soy Gabriel Conte, periodista. Fundé el diario Memo (memo.com.ar) en 2019. Creé y dirigí en los años ’90 la hoja de cultura El Comunero. Fui director de la revista Mendosat y durante 12 años trabajé como periodista, subdirector y luego director del portal MDZ, además de ser director de MDZ Radio. Mis primeros pasos en el periodismo los di en LV10 Radio de Cuyo. Mi programa «Tormenta de ideas» entrevistó a unos 30 mandatarios y expresidentes, premios Nobel y figuras destacadas del mundo, por Radio Nihuil. He colaborado con medios de Argentina y el extranjero.

La entrevista con una de las autoras de un libro que analiza la influencia de la moneda estadounidense en la Argentina, Mariana Luzzi. Realizada por Gabriel Conte junto a Santiago Montiveros en radio Aurora en 2019.

Con una ironía en el título, como decir que se trata de una moneda de este país, el libro da cuenta de la pasión argentina en una recorrida que va desde 1930 hasta 2018.

– Se puede decir que el libro «El dólar», del que es coautora junto a Ariel Wilkis aparece en un momento oportuno. Bueno, aunque pensándolo bien, siempre es oportuno hablar de eso en Argentina.

– Pasa que el tema del dólar, para bien o para mal, es noticia en forma seguida.

– ¿Por qué el libro analiza el camino de la moneda estadounidense en el país en 1930 y no antes ni después?

– Cuando empezamos a hacer esta investigación con Ariel Wilkis hace cinco años, partíamos un poco de la sorpresa. Esto que para nosotros está tan naturalizado en Argentina y es que del dólar se tiene una información cotidiana, incluso cuando uno no tiene dólares, ni está pensando en tenerlos, ni en comprarlos o venderlos. Siempre estamos pendientes de lo que sucede con la cotización de la moneda norteamericana. Entramos a una página web de un diario, prendemos la televisión para ver la temperatura y vemos la cotización del dólar. Nos preocupamos. Por eso nuestra pregunta inicia partió de preguntarnos: ¿cómo llegamos hasta acá?, ¿cómo fue que se convirtió en algo tan incorporado a nuestra vida cotidiana e distintas personas en distintos lugares que se dedican a distintas actividades económicas y que tienen distintas edades. Y la primera respuesta a esa pregunta es que no fue algo que se dio de la noche a la mañana. Es una historia larga y que se fue produciendo en un proceso de lenta maduración. Uno puede encontrar una prehistoria de esa historia en los años treinta.

– ¿Por qué en esa década?

– Porque en los años 30, más precisamente en 1931, fue la primera vez que se instauró un control de cambio en la Argentina, algo que seguimos discutiendo en las últimas semanas. Esto no es ni más ni menos que el Estado decida intervenir en el mercado cambiario para regular quién puede acceder al mercado de cambio y para qué. Comprar divisas en nuestros días dólares, en los años 30 no necesariamente dólares, ya que podían ser libras esterlinas o marcos alemanes. Ya sea para importar, ahorrar o remitir utilidades al exterior. Lo que pasó en los años 30 es que en el contexto de la crisis internacional, muchos países de Occidente estaban tomando medidas de este tipo y la Argentina también. Fue la primera vez que empezó a discutirse en la prensa, el Parlamento, en los despachos oficiales sobre la posibilidad de estas medidas, si eran correctas o no y cuál debía ser el valor del dólar, o de la libra. Se trató de una discusión que después nos acompañó durante muchas décadas pero que antes no habían tenido lugar. Por eso arrancamos en 1931.

– ¿El dólar es una moneda argentina, definitivamente, como ironiza el título? Porque todos terminamos pensando «a lo Milei», que dice que cada quien elija la moneda que quiera sin necesidad de tener una moneda nacional.

– Cuando nosotros decimos que el dólar es una moneda argentina es una ironía, no es «a lo Milei», que quede claro (risas). Esa ironía tiene que ver con nuestro punto de vista desde la Sociología. Una de las cosas que nosotros como sociólogos especializados en cuestiones monetarias y en los modos en que las personas usamos el dinero, lo pensamos y representamos, una de las primeras cosas que analizamos es que hacemos muchas cosas distintas con el dinero que está en nuestras manos y que las monedas en circulación dentro de un determinado territorio o país pueden ser muchas. No siempre son solo la moneda que emite ese país. En esa convivencia de muchas monedas puede suceder, como sucede en Argentina, una que no es de creación de un país se convierta de algún modo en una moneda local por la forma en que localmente se la usa.

– Tal nuestro caso.

– Como el dólar en la Argentina está muy incorporado, no solo en nuestras prácticas financieras, no solo porque el mercado inmobiliario esté dolarizado o porque hay desde hace muchas décadas algunos grupos de la población que ahorran en dólares y otros grupos compren dólares para enviarles a sus familiares que viven en el exterior, porque el comercio exterior se maneja en esa moneda. Sobre todo, porque el dólar es un gran tema de discusión y preocupación en la Argentina que uno puede decir que se convirtió en una moneda local más, sin serlo y sin decir que debería convertirse en la moneda nacional.

– Pero en los hechos, que sea «una moneda nacional» no resulta una afirmación equivocada, porque en los hechos somos un país bimonetario.

– Tal cual. Esa situación de hoy es parte de lo que nos proponíamos explicar: desde cuándo el dólar tiene esta relevancia que tiene hoy. Entonces ahí la historia es un poco más corta. No viene desde los años 30. Es desde los años 60 que el dólar empezó a convertirse en una moneda popular, en el sentido de que una moneda resulta familiar, ya que grandes grupos de la población entiende cuando se habla de dólares. Es una referencia que miramos en forma independiente de si tenemos dólares o no. Miramos porque sabemos que si sube el dólar es probable que aumenten otros precios, o sobre todo porque sabemos que si sube durante mucho tiempo eso nos está diciendo algo sobre el gobierno de turno y sobre la capacidad que ese gobierno tiene de controlar una variable fundamental de la Economía. Una de nuestras conclusiones es que el dólar en la Argentina tiene la peculiaridad de que es capaz de reunir cuestiones económicas con otras que son políticas. El dólar descifra muchas apuestas que son de tipo económico y también político. Y eso se ve muy claramente en los procesos electorales.

– Si ha sido tan extendida en el tiempo esta construcción del dólar con su actual incidencia, ¿va a tardar también mucho tiempo en desarmarse esta situación? ¿Un día la Argentina va a terminar de hablar de dólares y fortalecer su propia moneda?

– Creo que sin dudas si llevó tanta tiempo construir esta relación peculiar con el dólar, es esperable que también lleve mucho tiempo desarmarla. Uno habla de procesos que son a la vez económicos, políticos y culturales. La proyección es de largo plazo, porque son históricos: son el resultados de una articulación de factores que se han dado a lo largo del tiempo y por eso, precisamente, podemos pensar que se puede transformar. No hay nada natural, ni necesario ni es una condena esta relación que tenemos con el dólar. Esto no quiere decir que no vaya a ser difícil desarticularlo, pero sí que es posible. Quizás el dólar no desaparezca por completo del horizonte político y económico argentino, porque es algo que sirve como herramienta de interpretación de la realidad. Veamos qué pasa con la cotización del dólar y eso nos dice muchas cosas en torno a nuestra vida en sociedad y futuro próximo. Pero quizás esa existencia del dólar como un número importante no quiere decir que sea la moneda de mercados fundamentales como el inmobiliario o que sea la moneda del ahorro.

– ¿Se ha podido medir cuál ha sido la inflación en las últimas décadas en Argentina en dólares?

– No fue ese el camino que decidió el libro, pero hay otras investigaciones que sí lo han medido. No son medidas sencillas de tomar porque a la vez hay que pensar cómo cambia el valor relativo del dólar en el propio país de origen. Parte de la dificultad que todo esto encierra es que el dólar es una moneda que en la Argentina circula y de la que nos apropiamos, pero que la Argentina no emite y que está sometida a los propios vaivenes de la economía. Lo que sí investigamos es cómo el dólar cada vez ha ido penetrando en más escenarios de nuestra vida social, y no solamente en la economía y la política, sino en la cultura, el humor y la noticia diaria, y cómo eso se ha articulado con procesos económicos específicos como aquellos de inflación muy alta prolongados, las crisis económicas, las devaluaciones, pero con una vida que excede mucho los condicionamientos de esas situaciones puntuales.

Leé un fragmento del libro haciendo clic aquí.

¿Quién es Mariana Luzzi?

– Profesora regular en la Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), ha estudiado y publicado sobre las crisis monetarias, las cuasimonedas y las monedas sociales, las políticas de reparación económica, la expansión del sector financiero y sus efectos en la generación y reconfiguración de desigualdades sociales.

– Es autora de Réinventer le marché? Les clubs de troc face à la crise en Argentine (L’Harmattan, 2005).

– Coautora de Rompecabezas: Transformaciones de la estructura social argentina, 1983-2008 (Biblioteca Nacional-UNGS, 2008)

– Editora de Problemas socioeconómicos de la Argentina contemporánea: De 1976 a la actualidad (UNGS, 2019).

El libro

El dólar. Historia de una moneda argentina.

Ariel Wilkis|Mariana Luzzi

Editorial:Editorial Crítica

Temática:Economía|Actualidad económica

Colección:Fuera de colección

Número de páginas: 336

Leé un capítulo completo del libro

Una moneda popular

«¿A qué precio cotizaba el dólar oficial para la venta el 26 de febrero de 2015?». La pregunta brilla en nítidas letras azules sobre la pantalla de la tevé. El conductor Santiago del Moro se la lee en voz alta a una concursante deQuién quiere ser millonario. Dos décadas después de su primera edición, en abril de 2019 el célebre programa de preguntas y respuestas volvió a la televisión abierta argentina. En el año 2000, la versión local podía ofrecer una traducción literal del programa globalWho Wants to Be a Millionaire? El premio mayor era un millón de pesos. O un millón de dólares, porque en aquel entonces la moneda nacional era convertible con la divisa estadounidense. En 2019, los 2 millones de pesos del premio apenas superan los 46.000 dólares. Y el número exacto va a depender del mes, de la semana, del día de la operación de cambio. Hasta de la hora.

Según este formato televisivo, cada concursante enfrenta una serie de preguntas de opción múltiple con dificultad creciente: muchas son sobre historia, cultura y política nacional. Acierta quien elige la mejor respuesta entre cuatro posibles.

Para el dólar de fines de febrero de 2015, las opciones en pantalla son:

A: 4,45

B: 14,55

C: 8,73

D: 18,98

La participante escucha atentamente las alternativas y no duda:

-Bueno, 18 y 14 seguro que no, porque ya son del presente gobier- no. Y 4,45 habrá sido… en 2010, más o menos. Así que voy por la B, 8,73.

-¿Última palabra? -pregunta el conductor.

-Última palabra -confirma ella.

-Lo increíble de vivir en la Argentina -comenta Del Moro- es que haya preguntas sobre dólares.

Entre risas, la participante festeja la ocurrencia y retruca:

-Y lo increíble es que haya cuatro números tan distintos y que todos pudieran ser válidos.

Es el momento del suspenso.

La respuesta «B, 8,73» se pinta de amarillo en la pantalla: por supuesto, la concursante había acertado.

Casi de inmediato la captura de pantalla con la consigna sobre la moneda verde reverberando en letras azules empieza a circular por Twitter. Un internauta estadounidense ironiza. Como si fuera un participante en el concurso, autorizado según el reglamento a consultar ante la duda a una persona de confianza, publica (en inglés): «¿Puedo llamar a un funcionario del Banco Central?». Alguien le contesta enseguida (también en inglés): «No hace falta. Se ve que no conocés a ningún argentino común».

Mariana Luzzi, autora de «El dólar, historia de una moneda argentina»

En su edición aggiornada por Telefé,Quién quiere ser millonariosalió al aire el 8 de abril de 2019, cuando el dólar cotizaba a 44,6 pesos el tipo vendedor. Cuatro años después de la fecha por la que interroga el concurso, todas las opciones de valores parecen igualmente remotas. Sin embargo, la pregunta no sorprende. Para quien participa delquiz showen su versión argentina, saber cuál fue la cotización del dólar en un punto no demasiado lejano del pasado es tanto o más factible que conocer la fórmula ganadora en las elecciones presidenciales de 1951, el nombre del actual secretario general de las Naciones Unidas o los compositores de una canción pegadiza de los años ’60. En otros países, sólo profesionales de la economía o personas vinculadas al comercio exterior tienen presente esa información; en la Argentina, forma parte de la cultura general del gran público.

El dólar se vuelve noticia y las redes lo amplifican. Hace poco más de una década el humor ha encontrado en los memes un nuevo género y un nuevo canal: simple, sobre todo visual, siempre satírico, alusivo, rico en dobles sentidos. Una imagen teñida de verde muestra de perfil el torso de un hombre ataviado con ropas antiguas, pero de frente su rostro es el de George Washington. Junto a la cara, una frase: «Sé que te excita pensar hasta dónde llegaré». Al pie, una información que quien ríe ya conoce: que el chiste se basa en citar un verso de «Persiana americana», hit ochentoso de Soda Stereo. Es probable que no todos los que sonrieron al recibir el meme en sus teléfonos celulares sepan que Washington fue el primer presidente de Estados Unidos. Todos, en cambio, saben que su imagen en color verde significa «dólar». La pregunta late, punzante detrás de la humorada. ¿Hasta dónde llegará el dólar en 2019? ¿Y en 2020?

* * *

El valor de la moneda estadounidense integra la información básica que comunican los medios argentinos. En especial, en épocas de turbulencias monetarias. Cada mañana, nos dicen, lo primero que necesitamos saber es la temperatura, el estado del tránsito y la cotización del dólar. Datos esenciales para la vida cotidiana en la gran ciudad.

El dólar es ese número abstracto con que empezamos el día, pero es también un objeto, concreto y conocido. Según el saber popular, tener en la billetera un billete verde trae buena suerte. Pero no hace falta haber comprado nunca un dólar ni llevar uno consigo para estar familiarizados con su aspecto. Con el correr del siglo XX, en estas pampas, tan lejos de las tierras que alguna vez gobernó, la efigie de Washington, asidua ilustración de avisos y noticias, se ha vuelto popular gracias a la publicidad y la prensa.

* * *

Cientos de miles de personas pasan hoy a diario por la estación Callao de la línea B de los subterráneos de la ciudad de Buenos Aires. Aun sin caminar por los andenes, quien viaja en tren en una u otra dirección puede ver reproducidas a buen tamaño en las paredes de cada lado una serie de viñetas de Landrú, emblemático humorista gráfico argentino desde la década de 1960.

Estas escenas clásicas del humor nacional representan, por lo gene- ral, diálogos entre personajes arquetípicos: entre el oficinista y su jefe, entre padres e hijos, entre marido y mujer, entre médico y pacientes.

Una madre consternada consulta al pediatra sobre su niño:

-Estoy preocupadísima, doctor, el nene se tragó un dólar. El profesional de la salud la tranquiliza:

-No se preocupe, señora, va a bajar.

Noticia y billete, el dólar es también tema de conversación y objeto de inquietud.

* * *

Cada crisis cambiaria coloca a la sociedad argentina ante un abismo que amenaza abrirse y devorarnos. Con el frenesí de días, semanas o meses de atención colectiva y angustiosa colocada en el mercado de cambios, no sólo la economía cruje. Durante ese período la prensa, los economistas y los políticos repiten un interrogante que inquieta a toda la sociedad: ¿por qué los argentinos se desvelan por el dólar? La pregunta nunca pareciera haber encontrado una respuesta a la altura de las circunstancias. De ello deja constancia, desde hace algunas décadas, su retorno cíclico.

Este libro se originó en el curso de una de esas coyunturas críticas. También para nosotros, las múltiples y arraigadas formas de presencia del dólar en la vida social de la Argentina escondían un enigma. Incómodos con la urgencia que habitualmente trasuntan los modos de formular y sobre todo de responder a ese interrogante, decidimos emprender otro camino y reformular los términos del problema.

Viviana Zelizer, referencia contemporánea mayor en la sociología del dinero, acuñó la figura de los dineros «especiales». La estudiosa argentina radicada en Estados Unidos ha puesto de relieve cómo las monedas, lejos de ser meros instrumentos de cambio neutrales y neutras, siempre idénticas a sí mismas, son entidades redefinidas a cada paso por usos y significados contextuales e históricos. Al mediar determinadas relaciones sociales, en momentos y ámbitos de circulación específicos, una moneda se vuelve portadora de significaciones particulares, se halla habilitada para ciertos usos y, a la vez, condenada para otros, comunica algunos valores mientras obstruye otros. Asume así la forma de unamoneda especial.

Nuestra primera intuición metodológica fue considerar que, para los argentinos, el dólar había sido y era esamoneda especial. Pero entonces, ¿cómo se convirtió en una moneda tan preferida, tan popular? ¿Cuándo se volvió pieza central de nuestra historia colectiva y personal? ¿Al ca- lor de qué procesos económicos, políticos, sociales y culturales adquirió su significación pública actual? ¿Qué etapas e inflexiones clave configu- raron este proceso que marcó a fuego nuestra vida cotidiana nacional? Estas son las preguntas que nos proponemos responder en este libro.

El dólar: una moneda especial, argentina y «popular»

Intentaremos analizar cómo se desarrolló el lento pero progresivo proceso depopularización del dólaren la Argentina, desde la tercera década del siglo XX hasta la segunda del XXI.

A lo largo de este extenso período, la información sobre el dólar pasó de ser un asunto de interés exclusivo para expertos en el mercado financiero local o el comercio exterior, a convertirse poco a poco en un tema y un problema de relevancia pública y política para sectores sociales cada vez más amplios.

A la vez, en un nivel de análisis diferente pero vinculado con el an- terior, el dólar devino moneda de uso regular y corriente para actores sociales cada vez más diversificados.

Sin una serie de mediaciones previas muy determinantes, jamás habría sido posible esa incorporación de la moneda norteamericana en las prácticas de ahorro, inversión, crédito y consumo de sectores y actores con escaso contacto previo con el mercado financiero y cambiario. La más importante de ellas, la construcción de la moneda estadounidense como artefacto de lacultura popular. El dólar se volvía familiar, fácil de decodificar, capaz de orientar cognitiva, emocional y prácticamente a quienes se internaban en universos económicos antes poco conocidos.

Las páginas que siguen narran cómo, desde la década de 1930, y muy en especial desde la de 1950, una nueva relación entre cultura popular, prácticas financieras y mercado cambiario tuvo como efecto una centralidad creciente del dólar en la economía, la política y la sociedad argentinas. Sólo la historia de esas relaciones evidencia por qué conocer la cotización del dólar en una fecha pasada puede ser necesario en 2019 para triunfar enQuién quiere ser millonario. Y también por qué esanoera una pregunta difícil para la concursante ganadora.

Como ha mostrado la socióloga Mariana Heredia para el caso de la inflación, los economistas desempeñaron un rol relevante, y aun protagónico, a la hora de ofrecer interpretaciones sobre la preferencia argen- tina por el dólar. Ellos han contribuido a que ciertas interpretaciones circularan y finalmente se estabilizaran como «sentido común» en el mundo de los expertos, así como también en el del periodismo y los funcionarios públicos.

Nuestra perspectiva polemiza con esas visiones. Más acá de sus diferencias, economistas y periodistas económicos coinciden en que las prácticas monetarias son reflejo automático, o inevitable, de las con- diciones macroeconómicas. Así explican, por ejemplo, el uso del dólar para determinados cálculos o transacciones.

Este modo de interpretar la acción económica se observa en dos explicaciones corrientes acerca de la tendencia persistente de los argentinos a recurrir a la divisa estadounidense.

La primera interpretación carga todo el peso de su argumentación sobre la inflación. Desde la década de 1940, ciclos reiterados de aumentos graduales o violentos del nivel de precios han llevado que el dólar sea un «refugio» natural, una huida hacia el valor frente a la depreciación de la moneda local.

La segunda deriva la predilección por el dólar de las condiciones estructurales del funcionamiento de la economía argentina. La economía nacional, sostienen, nunca escapa a la dificultad crónica de obtener tantos dólares como necesita para financiar su propio desarrollo. Esta «restricción externa» genera la escasez interna de la divisa norteame-

A diferencia de estas interpretaciones, consideramos que tanto la inflación como la llamada «restricción externa» son condiciones necesarias pero no suficientes para entender por qué el dólar asumió un rol relevante tanto en las prácticas como en los debates económicos de los argentinos. La Argentina no es el único país con una historia marcada por períodos de alta inflación -no hace falta mirar muy lejos para encontrar ejemplos de ello, como Brasil-. Tampoco la «restricción externa» es un rasgo exclusivo de su economía; la lista de países «dependientes» que presentan esta característica estructural es relativamente larga. A aquellas interpretaciones habría que sumar las de quienes consideran la ascendencia de la divisa estadounidense en nuestro país como simple expresión de un cambio en las relaciones monetarias internacionales operado a partir de la década de 1970. Indudablemente, la incidencia de esta dinámica global no repercutió de manera excluyente sobre la Argentina.

La construcción de una interpretación sociológica no debe ignorar las condiciones y los condicionamientos que tanto la configuración de la estructura económica como las sucesivas políticas públicas y la economía global imponen sobre los modos de invertir, ahorrar y gastar el dinero por parte de distintos actores sociales. Pero tampoco puede restringirse a ellos. Sobre todo, debe dar cuenta de las mediaciones culturales que volvieron legítimas, comprensibles y realizables aquellas prácticas monetarias para amplios sectores de la sociedad.

El proceso de popularización del dólar vincula instituciones monetarias con prácticas financieras individuales, provee a cada persona de herramientas cognitivas y afectivas para moverse en el mercado cambiario y lidiar con regulaciones estatales cambiantes. La popularización visibiliza cuánto más que un instrumento financiero pueden ser las monedas. Son un nombre que circula y un número disponible para medir y evaluar; pueden convertirse, incluso, en una categoría del entendimiento.

Este libro habla, entonces, de los usos argentinos del dólar. Pero no es la historia de los grandes dueños o de las elites que lo atesoran, lo invierten o lo «fugan». Es la historia de la importancia creciente del dólar estadounidense para la vida social argentina y de cómo devino una moneda «popular».

El gran sociólogo alemán Norbert Elias consideraba a los procesos sociales como dinámicas de muy largo plazo que no son controlados ni diseñados por un individuo o un grupo. La popularización del dólar en la Argentina que en estas páginas se reconstruye es de esa naturaleza.

Una de las principales tesis que guían a la sociología del dinero es que este nunca es igual a sí mismo. Los usos y significados del dólar en la Argentina de la década de 1950 no son los mismos que los de las décadas de 1970 o 1980, o que los de la década de 2010. Cada etapa de la popularización del dólar representa una innovación en relación con los usos y significados heredados del pasado.

A lo largo del tiempo, las dinámicas fueron heterogéneas. La popularización varió en extensión: cómo más grupos sociales se fueron vinculando con el mercado cambiario. Varió la generalización: cómo más mercados y transacciones tomaron a la divisa estadounidense como unidad de referencia o medio de pago. Y varió la intensificación: cómo aumentó la atención pública prestada al dólar.

Este libro da cuenta de las recursividades y los diferentes ritmos que marcaron esos procesos, y también de las innovaciones que muchas veces, inmersos en la coyuntura, pasamos por alto y diluimos en un relato atemporal.

El concepto «popularización del dólar» nos permite tomar distancia de términos técnicos con cierta circulación en las discusiones públicas, comodolarización. Pero, a la vez, integramos el proceso de conformación de esas terminologías en nuestro análisis. Nos preguntamos en qué contextos de la popularización del dólar esas formulaciones comenzaron a ejercer un impacto más allá de las controversias expertas. Cuáles fueron los efectos de que ganaran presencia pública.

Nos hemos detenido en figuras y metáforas que contribuyeron a la instalación de la moneda estadounidense como artefacto o dispositivo de interpretación. Buscamos, por ejemplo, cuándo el valor del dólar comenzó a ser utilizado como «termómetro» de la realidad económica y política en la Argentina, y cómo esta metáfora impactó en la difusión de la moneda norteamericana.

Finalmente, estudiar la popularización del dólar supone también identificar en qué momento se convirtió en un problema en el debate público, y también para mujeres y hombres de a pie. En otras palabras, cuándo la «preferencia» argentina por el dólar se asumió como asunto que debía atenderse, en la medida en que afectaba los destinos de la nación.

Vidas paralelas, vidas para leerlas: dólar e inflación

La historia de la popularización del dólar corre en paralelo a la historia de la inflación. Nuestra mirada sobre ambas series históricas consiste en conectarlas mostrando cómo la identificación de la inflación como un problema fue una de las palancas para que la moneda estadounidense se volviera popular. En este sentido, la historia de la popularización del dólar es también la historia de la metáfora que habla de una moneda como «refugio», sin la cual no podría narrarse parte de la historia de la inflación en nuestro país.

A lo largo de estas páginas mostramos, entonces, que la popularización del dólar se ha sedimentado en un proceso de larga duración, en el que pueden reconocerse distintas etapas. Las prácticas monetarias de familias y empresas se expanden a través de un proceso histórico de socialización económica y formación de repertorios financieros que son socialmente producidos y culturalmente significativos. El principal aporte de esta perspectiva es subrayar el peso de los procesos de lenta maduración que han permitido la sedimentación de un repertorio financiero que tiene en la articulación (cotidiana, pero también institucional) de diferentes monedas (el dólar y el peso) una de sus características principales.

Cómo en el sur la moneda del norte se volvió brújula para navegar turbulencias

Nuestra propuesta puede chocar con el sentido común más arrai- gado a la hora de interpretar la economía: aquel que funda la acción económica en la capacidad humana de evaluar medios y fines para organizar la conducta y enderezarla a maximizar beneficios. Sin embargo, este tipo de comportamiento existe más en los manuales de economía que en la realidad.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu enseñaba que las acciones humanas son razonables antes que racionales; las personas disponen de conocimientos y sentimientos limitados y actúan conforme a ellos. Por lo demás, tal razonabilidad es siempre situada y contextual: no hay un único modo razonable de comportarse en la vida social (incluida la economía). La acción se construye en la interacción con otros y en condi- ciones que son siempre históricamente variables.

Todo actuar económico se realiza a través de dispositivos socio- culturales que producen y proveen a los agentes de interpretaciones, codificaciones, anticipaciones y, también, sentimientos, afectos y pasiones. Investigador de la economía y de los mercados, otro sociólogo francés, Michel Callon, ha propuesto pensar esos dispositivos como «prótesis». Esos artefactos que ayudan a desenvolverse en el mundo económico pueden ser externos o bien internalizarse. Hay herramientas técnicas que los agentes pueden manipular (como los sistemas informáticos con que operan la Bolsa de Valores o el mer- cado cambiario), pero hay también teorías que les permiten interpretar la realidad (como la propia idea del individuo maximizador de beneficios).

Desde la sociología cultural de la economía, este libro narra la historia que hizo de la moneda estadounidense un dispositivo argentino: un artefacto cultural que posibilitó a diferentes actores de la sociedad nacional «sentirse en su elemento», permitiéndoles lidiar con las turbulencias económicas y políticas de las últimas décadas.

En este sentido, nuestro foco discute toda separación tajante entre cultura y economía. Estudiamos cómo, paulatinamente, se conformó en torno del dólar una particular forma de actuar, evaluar e interpretar la vida económica. De tal conformación participaron, a lo largo del tiempo, tanto expertos como «legos» o «profanos». Ambos son objeto de nuestra indagación.

Historia local de una moneda global

La historia monetaria internacional de la segunda mitad del siglo XX tuvo como protagonista indiscutido al dólar estadounidense. Luego de la Segunda Guerra Mundial, la victoria en los campos de batalla y en el terreno del desarrollo industrial se reflejó en la supremacía de la divisa norteamericana en las relaciones monetarias internacionales. Los acuerdos intergubernamentales sellados en julio de 1944 en Bretton Woods decidieron la fundación del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional (FMI), a la vez que consagraron la hegemonía del dólar. La moneda estadounidense sirvió, a partir de entonces, para establecer precios, negociar transacciones en el mercado mundial y otorgar créditos a países y empresas privadas. Las naciones consideraron al dólar un valor tan confiable como el oro, y ello se reflejó en la composición de las reservas de sus bancos centrales.

El equilibrio logrado a la salida de la guerra, sin embargo, no du- raría para siempre. Veinticinco años después, Estados Unidos decidió, de manera unilateral, dar por terminada la paridad entre su moneda y el oro: en 1971, el gobierno del presidente republicano Richard Nixon declaró la inconvertibilidad del dólar.

Tal decisión tornó al dólar en una «moneda salvaje». Esa fue la figura que acuñó el antropólogo australiano Chris Gregory para describir esa fase internacional de la moneda de la mayor potencia económica global. A partir de entonces, el dólar dinamizó el proceso de liberalización y financierización de la economía, asociado al neoliberalismo. Pudo moverse sin restricciones en su búsqueda de ganancias. De manera «salvaje»: aprovechando tasas de cambio volátiles y sin control.

A la luz de esta dinámica, la antropóloga angloamericana Jane Guyer considera que, desde la década de 1970, el mundo capitalista entra en una nueva fase de monedas múltiples, a partir de la consolidación del dólar como moneda del comercio exterior a escala global, y como unidad de referencia y medio de cambio común en distintos escenarios regionales y nacionales.

Esta etapa en la que conviven, dentro de un mismo espacio nacio- nal, monedas diferentes se traduce en una progresiva desagregación de funciones consideradas constitutivas de todo signo monetario. Desde finales del siglo XIX, habían dominado el territorio de buena parte de las naciones occidentales monedas que se caracterizaban por ser, a la vez, una unidad de cuenta en la que establecer el valor y fijar los precios, un medio de cambio para saldar las transacciones y un medio de atesoramiento capaz de preservar el valor a lo largo del tiempo. En las últimas décadas del siglo XX esas funciones se desacoplan, desempeñadas no ya por una, sino por diferentes monedas coexistentes. La distinción habitual entre monedas fuertes y débiles es la expresión de esta transformación: sólo aquellas capaces de operar como reserva de valor -como el dólar- serán consideradas internacionalmente fuer- tes, dominantes aun en espacios económicos nacionales con monedas patrias débiles.

La historia monetaria reciente de la Argentina, pero también la de países muy diferentes entre sí, como Israel, Cuba, Ecuador, Nigeria, Rusia, Panamá o El Salvador, puede interpretarse a través de la profundización de la coexistencia de una pluralidad monetaria que articula de manera duradera una moneda fuerte (el dólar) con una moneda blanda (en nuestro caso, el peso). En este marco, el caso argentino suele ser presentado con cierto carácter excepcional. El alegato por la excep- cionalidad se ve respaldado por una estadística muy contundente: la Argentina es el segundo país del mundo con mayor cantidad de dólares por habitante, después de Estados Unidos.

Las páginas que siguen ayudan a desentrañar cómo el dólar se volvió una moneda popular en la Argentina. Este proceso no fue el resultado de una imposición externa ni representa una rareza fruto de un pecado original que marcó los designios de nuestro país. Nos proponemos reconstruir el proceso singular que hizo posible que una moneda global arraigue en la vida económica y política de los argentinos, y que estos se apropien de ella para convertirla en mucho más que un mero instrumento de intercambio o de reserva de valor.

Itinerario de una investigación

En un país donde conocer la cotización de la moneda estadounidense resulta clave para ganar un concurso de preguntas y respuestas en la televisión abierta y donde el humor gráfico dedicado al dólar es una forma artística que eternizan los murales de la red del subterráneo, sorprende la escasez de investigaciones orientadas a arrojar mayores luces sobre la afición local por el billete verde. Si las interpretaciones que dan cuenta de esta realidad son insatisfactorias e incompletas, aún más frustrante y desconcertante resulta que el tema haya encontrado indiferencia o desinterés por parte de las ciencias sociales.

Tanto más paradójica resultaba esta desatención en el momento en que comenzamos nuestra investigación, cuando era imposible no advertir la acuciante demanda de explicaciones sobre la importancia del dólar en la Argentina. Que encontraba, por otro lado, una abundante oferta de respuestas en otros campos, desde el periodismo económico hasta la próspera literatura de «autoayuda financiera».

El billete verde del azul al amarillo: variables e invariantes en la investigación del dólar moneda nacional argentina

Nuestro trabajo comenzó en 2014. En la segunda presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, al igual que en 2019, al final de la presidencia de Mauricio Macri, el dólar gana día a día mayor presencia en las discusiones públicas. En 2014, en plena vigencia delcepo cambiario, las múltiples cotizaciones simultáneas y divergentes de la moneda norteamericana eran noticia en los medios. El dólar oficial, el dólar blue, el contado con liqui eran números clave que circulaban en las redes sociales, los mensajes telefónicos, los blogs especializados.

El dólar preocupaba y ocupaba: atravesaba la confrontación de actores corporativos, definía el funcionamiento de ciertos mercados, reorganizaba las prácticas económicas de empresas y familias, animaba el debate mediático y político. Éramos conscientes de que el fenómeno no era novedoso; sabíamos que a su importancia contribuían ciertas propiedades demostradas por la moneda estadounidense. Activo financiero apto para ahorro o inversión, era también una poderosa referencia, un artefacto cultural capaz de condensar y comunicar significados múltiples. Pero ¿cuáles eran los contornos específicos de este fenómeno que nos llamaba la atención? ¿Qué actores sociales recurrían al dólar como instrumento financiero? ¿Quiénes compraban, vendían, ahorraban, invertían o se endeudaban en dólares? ¿Cuáles eran los ámbitos de circulación efectiva de esos billetes que parecían conocidos por todos?

¿Quién comunicaba el valor del dólar, dónde, cuándo y para qué? ¿Qué sentidos y significados se asociaban a esa moneda?

Una etnografía: el dólar en la city, en la ciudad y en el campo

Nuestro oficio de sociólogos nos incitó, en primera instancia, a precisar los límites del problema en términos sociodemográficos. Salimos al encuentro de personas situadas en diferentes universos sociales y económicos. Buscábamos que nos guiaran sobre los modos en que el dólar aparecía en sus actividades en un momento en que la moneda estadounidense era un tema de conversación cotidiano.

Si bien esta estrategia se anclaba en el presente, incluía una mirada retrospectiva. El dólar formaba parte de la vida de los argentinos, eso sabíamos, pero queríamos entender de qué maneras lo hacía, y cómo había llegado hasta nuestra cotidianidad. Buscábamos ver el dólaren acción,pero también conocer los recorridos de cada persona a partir de esa moneda. Algo así como reconstruir sus historias de vida monetaria. Como sabíamos que en ciertas actividades económicas la presencia del dólar era más esperable que en otras, empezamos por ahí. Constructores, desarrolladores y agentes inmobiliarios; economistas, contadores y otros profesionales de las finanzas, que operaban en bancos, sociedades de bolsa, casas de cambio, compañías financieras ycuevas; productores rurales, técnicos de la actividad agropecuaria, administradores de cooperativas de acopio de granos, agentes comercializadores de maquinaria agrícola; profesionales y empleados de servicios turís- ticos; migrantes que habitaban envillas miseriay que regularmente continuaban enviando y recibiendo divisas hacia y desde sus países de origen: tal era el universo inicial de nuestros contactos.

Los casi 120 entrevistados hablaron desde su registro personal y fueron, a la vez, informantes clave para reconstruir los circuitos de circulación del dólar en cada una de sus actividades. En esta etapa de la investigación, nuestro trabajo de campo tuvo su base en el área metropolitana, pero no se restringió a ella. Nos parecía indispensable cruzar los límites de la avenida General Paz, ir más allá de la capital federal, para acercarnos a las ideas, los pensamientos y las prácticas alrededor del dólar en lugares alejados de la city porteña. En los pueblos sojeros del norte de Santa Fe y en la ciudad capital de esa provincia hicimos pie para descentrar la mirada de Buenos Aires.

Nuestras experiencias de investigación previas nos habían enseñado que, como señala el economista francés Bruno Théret,las monedas están presentes en el mundo en diferentes estados. Un conjunto de normas rige la emisión y la circulación (estado institucionalizado) de las monedas, que materialmente forman un conjunto de objetos que median en los pa- gos (estado objetivado) y que conceptualmente conforman unaunidad decuenta, un patrón de medida (que permite establecer, por ejemplo, los precios), un estado incorporado en la mente de los individuos.

El dólar no escapaba a estas reglas. Aunque nuestras imaginaciones muchas veces se limiten a representárnoslo sólo como ese famoso billete verde que pasa de mano en mano, la presencia de la moneda estadounidense en los cálculos de las personas es tanto o más importante que en las cuevas, los colchones o las billeteras. ¿Qué cuentas se hacen en dólares? ¿En qué circunstancias? ¿Qué cálculos adicionales intervienen al establecer equivalencias entre contabilidades dolarizadas y moneda local? Nuestras entrevistas también se propusieron observar esta dimensión de la vida monetaria. Nuestra intención era, entonces, claramente etnográfica: antes que conocervisionesacerca del dólar y de lo que implicaba en la Argentina -aunque las opiniones de nuestros informantes siempre formaran parte de la conversación-, nos intere- saba reconstruirusos,cálculos,valoraciones,ámbitos de circulación,canalespredilectosyespacios prohibidos del dólaren la Argentina.

Hablar, reír, discutir el dólar

De manera complementaria, nos propusimos indagar enla vida pú- blica del dólar, las maneras en que se hacía presente cotidianamente en la vida social a través de la información, los debates expertos y profanos acerca de la economía y sus desafíos, el humor y otras producciones culturales, como la literatura, el cine o la televisión.

La prensa -general o especializada en temas económicos- constituyó una fuente primordial. A lo que se sumó el contacto con periodistas económicos, que nos permitieron conocer qué lógicas intervienen en la cobertura mediática del dólar.

Al bucear en el presente, íbamos hacia el pasado en busca de aquellos momentos en que el dólar ocupó el centro de la escena, como durante elcepo. Las investigaciones disponibles señalaban la década de 1970: a partir de entonces, en virtud de una inflación alta y tenaz combinada con un proceso de liberalización financiera, la moneda norteamericana parecía instalada de manera permanente en el paisaje económico nacional. ElRodrigazo, la devaluación del peso dispuesta en junio de 1975, cuando Celestino Rodrigo estaba a cargo de la cartera nacional de Economía, se convirtió así en el primer mojón de la periodización que comenzábamos a construir.

A poco de andar, según sucede en el curso de la mayoría de las in- vestigaciones, nuestros hallazgos nos obligaron a corregir el rumbo. Por un lado, al promediar nuestro trabajo de campo, las entrevistas comenzaron a mostrar cierta «saturación». Para una parte importante de los entrevistados, la memoria del dólar resultaba muy difícil de reconstruir, o se limitaba a la evocación de crisis muy agudas (como el Rodrigazo o la hiperinflación), respecto de las cuales la presencia de la moneda norteamericana aparecía fuertemente naturalizada. Por otro lado, los intercambios con quienes contaban con una larga trayectoria en los mundos financiero y periodístico nos llamaron la atención sobre la conveniencia para nuestra indagación de repensar los marcos temporales en que la encuadrábamos. De acuerdo con sus memorias personales y con los registros de sus propias actividades, el dólar ya era una vedette mucho antes de 1975. A la vez, al revisar la prensa de la década de 1970, encontrábamos evaluaciones que ya por entonces señalaban que la orientación hacia el dólar era un «problema crónico» de la Argentina.

¿Desde cuándo desvelaba a nuestros compatriotas la moneda norteamericana? Era preciso ir hacia atrás. El que había comenzado como un trabajo de campo netamente cualitativo, se volvió trabajo de archivo. El criterio general no se vio alterado: nuestra primera propuesta de periodización buscaba identificar en la historia del siglo XX argentino aquellas coyunturas que hubieran sometido a discusión pública la política monetaria en general y la regulación cambiaria en particular. El primer control de cambios, implementado en 1931 por el gobierno de facto del general José Félix Uriburu, se convirtió en nuestro nuevo punto de partida.

Una etnografía del archivo: los documentos hablan

Esta redefinición no nos hizo abandonar la inicial perspectiva etnográfica. Confrontamos las fuentes documentales identificadas y reu- nidas con las mismas preguntas que inicialmente habíamos formulado para el encuentro con personas de carne y hueso. Una suerte de «etnografía del archivo»: seguíamos interesados en descubrir los contornos de la vida práctica y de la existencia pública del dólar en la Argentina.

La reorientación de nuestra estrategia metodológica y la ampliación del corpus documental también encontraban otro fundamento. Las entrevistas en profundidad no sólo se mostraban insuficientes para recorrer un arco temporal que desbordaba la biografía de nuestros informantes, sino que tampoco nos permitían responder con profundidad

a una de las principales preguntas: ¿cómo el dólar llegó a convertirse en ese elemento tan popular entre los argentinos?¿De qué manera, argentinas y argentinos de a pie, conocieron la moneda estadounidense, aprendieron a decodificar las referencias a su valor cambiante, supieron dónde comprarla y venderla, contribuyeron a elaborar sus múltiples significados? Nuestro interrogante interpela por igual a la economía y a la cultura. Su respuesta requiere una descripción detallada de las prácticas y los cálculos económicos, y el registro minucioso de los dispositivos culturales que favorecieron la instalación pública del dólar y su ingreso y permanencia en los repertorios financieros de amplios sectores de la sociedad.

Los materiales que componen el corpus sobre el que trabajamos para llegar a este libro fueron seleccionados como soportes materiales del conjunto depedagogías monetarias-para utilizar el concepto acuñado por Federico Neiburg- que enseñaron a vastos sectores de la población cómo participar, a diferentes velocidades y con impacto dispar, en el mercado cambiario. De esas pedagogías y esos dispositivos que guían, preparan y entrenan a los agentes para moverse dentro de las fronteras móviles de los mercados financieros trata este libro.

Con la prensa diaria de circulación nacional, los semanarios de actualidad (cuando existieron) y las revistas especializadas en economía -dirigidas por lo común al mundo de las empresas- pudimos recons- truir el ritmo al que el dólar fue instalándose paulatinamente en las noticias. Consignamos diferencias más o menos marcadas según los medios; pero en todos el dólar fue recortándose del conjunto de monedas extranjeras y empezó a saltar de las páginas interiores a los grandes titulares. El periodismo, con modos que cambiaban según el tiempo y según los medios, discutía la economía en general y daba cuenta de la actividad del mercado cambiario, y así contribuía a volver más transparente un universo habitualmente opaco para el gran público. En cada época estudiada, analizamos también qué línea editorial asumieron los diferentes medios.

La información general de la prensa gráfica fue una fuente mayor para rastrear producciones culturales significativas para nuestro trabajo: la publicidad y el humor, pero también el cine y el teatro. Más cerca en el tiempo, atendimos a las publicaciones en redes sociales e incluso a los memes que circulan por WhatsApp. Todos funcionaron como fuentes de información, y sobre todo los reconocimos como canales fundamentales en la producción de legitimidad de las fronteras de acceso, participación e interpretación en el mercado cambiario.

Otras fuentes particulares, como los archivos de organismos públicos encargados en diferentes épocas del control del mercado ilegal de cambios, los acervos documentales de instituciones artísticas o deportivas o los registros preservados de las primeras décadas de la televisión argentina, nos permitieron sumar materiales valiosos al corpus inicialmente conformado por diarios y revistas.

La historia que narra este libro se despliega a lo largo del siglo XX hasta llegar a nuestros días. Ella está evidentemente atravesada por las grandes transformaciones políticas y económicas del siglo, pero sigue un ritmo y unas modulaciones que le son propias. La periodización que proponemos para comprenderla es entonces singular. Aunque por momentos se superpone con los grandes hitos de la historia política (gobiernos, revoluciones, golpes de Estado), las inflexiones que señalamos-y que se reflejan en la estructura de los capítulos- corresponden a las etapas de ese proceso de lenta maduración que convirtió al dólar en una monedapopularen la Argentina.

Una ética de la pregunta

Una investigación en ciencias sociales busca responder preguntas a contramano de la inmediatez que demanda un show televisivo comoQuién quiere ser millonario.Sin embargo, cuando tiene por objeto reconstruir cómo devino el dólar en una moneda tanpopularen la Argentina, la realidad del país impone urgencias que a veces se asemejan a las que enfrenta la concursante de un programa de preguntas y respuestas. Escribir este libro nos lanzó no sólo a un extenso trabajo de campo y archivo que duró cuatro años, sino que también nos confrontó con una experiencia intelectual sacudida constantemente por la realidad, que reclamaba imperiosamente respuestas.

Sin embargo, a medida que avanzamos en nuestra investigación -y atravesamos sucesivas turbulencias cambiarias- más renuentes fuimos a responder a esas exigencias. Porque nos convencimos de que, antes que respuestas urgentes, lo mejor que las ciencias sociales pueden hacer es contribuir a formular más y mejores preguntas, y aportar nuevos elementos para responderlas.

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