COLUMNISTAS INVITADOS. Antonio Romeo vuelve con otro cuento, fundamental para desinfoxicarse y redescubrir la ficción en medio de «tanta realidad» en tiempo real.
Aquí, Antonio Romeo nos trae un cuento de índole fantástica, con el relato de un hecho con todos los condimentos de lo paranormal.
Una invitación a redescubrir la capacidad de imaginar, para darle músculo al cerebro.
El texto completo de Antonio Romeo
Las tres eternas
No tenía nombre. O no lo recordaba. Vivía en un departamento donde el tiempo no avanzaba: el reloj marcaba siempre las tres.
El gato lo miraba desde la ventana. Negro, quieto, como si entendiera todo.
La sombra apareció una noche. En la pared. No se movía con la luz. No desaparecía. Solo estaba ahí.
—No sos real —dijo.
El gato giró la cabeza. La sombra pareció inclinarse.
Desde ese momento, todo se repitió.
Empezó a sentir algo raro. Como un recuerdo que no llegaba. Un golpe. Una puerta. Silencio.
Y culpa.
—Yo no hice nada —susurró.
La sombra ya tenía forma de alguien. Sin cara. Sin voz.
El gato lo miraba distinto.
El tiempo no estaba roto. Era un castigo.
—¿Qué hice? —gritó.
El reloj cambió un segundo.
Y volvió a las tres.
Entonces entendió: nunca iba a recordar.
Ese era el castigo.
El gato volvió a la ventana. Quedó en silencio.
La sombra respiraba.
El reloj marcaba las tres.
Y el tiempo seguía, igual.
Siempre igual.
